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30 OCASOS

Francia

“Había aprendido a usar una brújula y esta me había orientado tanto por fuera como por dentro.”

Al ubicuo canto de la oropéndola y el abejaruco recorremos la costa mediterránea hacia el norte. Sobre nuestras cabezas vuelan las primeras, refulgiendo con el sol atrapado en su plumaje; mientras que los segundos surcan el cielo en una representación rutilante de todo cromatismo primaveral.

Conforme nos adentramos en Francia, las últimas estribaciones de los Pirineos se pierden de vista. El paisaje se allana y no hay más cuestas arriba, tampoco más hacia abajo. En su lugar, un viento caprichoso decide cada mañana si impulsarnos hacia adelante o hacía atrás.

Y hacia adelante significaba norte, siempre con el mar a la diestra, pero el norte no es todavía nuestro destino y pronto torcemos al oeste enfilando los senderos que serpentean entre los meandros del canal du Midi.

Agua, bosque y cielo; custodios de un camino que hoy recorro por segunda vez. Mientras lo hago me llegan recuerdos de hace casi una década, cuando mi primer viaje en bicicleta me conducía sin saberlo a la búsqueda de mi mismo. En aquel momento, yo todavía un adolescente desorientado, me había propuesto viajar desde la puerta de mi casa hasta los Balcanes, y aunque no tenía ni preparación ni habilidades desenvueltas, una aventura como aquella y en solitario, resultaba de lo más estimulante.

Sin embargo fue gracias a ese primer viaje, con sus encuentros y experiencias, que empecé a intuir otro estilo de vida totalmente diferente al que conocía: más libre, más consciente e indeciblemente más sencillo.

Había aprendido a usar una brújula y, en resumidas cuentas, esta me había orientado tanto por fuera como por dentro.

Apareciendo y desapareciendo entre las gramíneas que se cierran sobre el camino de tierra, la bicicleta de mi compañera arremete levantando volutas de polen que brillan iridiscentes a la luz vespertina. Los milanos otean acomodados desde las alturas, las ranas dan rienda suelta a sus estentóreos croares y todo indica que es hora de buscar donde pernoctar.

Cada noche toca decidir si montar la tienda de campaña, colgar las hamacas o bien la mosquitera.
Como no se prevé lluvia, el suelo está despejado y los mosquitos empiezan a zumbar decidimos que la última será la mejor opción para hoy.

Desenrollo las esterillas, abro las alforjas y extraigo de dentro los sacos de dormir y la mosquitera que cuelgo de una rama. Con el cuchillo saco punta a cuatro astillas de madera de avellano con las que fijar la red al suelo.

Cuando termino, reparo en que sobre el infiernillo se está preparando la cena: hierve el trigo sarraceno entre hojas de llantén, cerraja y milenrama. El aroma me recuerda que estoy hambriento, así que me acerco y me siento a un lado de la cazuela borboteante. Mientras espero, alcanzo la cámara de fotos y repaso las imágenes de la jornada, borrando unas y destacando otras.

Al cabo de un rato, el canto nítido del cárabo me saca de mi ensimismamiento << uuuuuh-u-uhuhuhuuuu >> Levanto la vista entusiasmado, pues cuando el infiernillo enmudece, la cena está preparada. Aderezamos con sal de ortigas, levadura de cerveza y aceite de lino y cenamos recostados sobre el tronco de un fresno, con las últimas luces del día colándose entre las ramas y los sabores del bosque colándose en nuestro paladar.

Mañana es el último día que nos dirigimos hacia poniente, entonces habremos recorrido Francia de este a oeste, pedaleando y remando a través del canal du Midi y el río Garonne, desde el mar Mediterráneo hasta el Cantábrico… durante treinta días, tras treinta ocasos.

“…con las últimas luces del día colándose entre las ramas y los sabores del bosque colándose en nuestro paladar.”

Agradecimientos:
Velorution // Dédé Aubry // Jöel Bach // Thomas Van // Gillian Kennedy // Cyrille Divry // Pierre A. Raimbourg // Sophie Latapiè