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En la mochila, lo esencial. Diez años de aprendizajes y desaprendizajes para reducirme a 15kg de posesiones, 23kg al meter los básicos de comida y 25kg para cuando los bidones de agua están llenos.

Todo lo demás, todo aquello que pudiera necesitar en adelante, habrá de ser producido en base a conocimientos o adquirido con un presupuesto que se sitúa muy por debajo del umbral de la pobreza.

Algunos de esos conocimientos no pesan en la espalda, pero algunos otros lo hacen sobre la conciencia. Los primeros me permiten autoabastecerme de comida, de agua, de refugio o de energía. Los segundos me impedirán reconvertirme en la persona ordinaria que un día fui.

No podré ya jamás conducir un coche dirección al trabajo, ni comprar en grandes superficies o sentarme frente al televisor de esa casa que habría de continuar pagando durante los próximos cuarenta años.

Así escrito no parece tanto sacrificio. Apenas una línea de palabras que sintetiza las vidas de los millones de personas que me rodean y que, a su vez, resume en su totalidad las causas del colapso ambiental y social que está aconteciendo a escala global.

Cambio climático, agotamiento de recursos naturales y la sexta gran extinción; flujos migratorios desbordados y el auge de la ultraderecha. Ciudadanos lobotomizados dando soporte incondicional a cambio de que su modo de vida prevalezca sobre el de las demás especies y culturas.

A pié, en bicicleta o en canoa; mi singular emancipación pasa por recorrer de manera autopropulsada los últimos reductos salvajes del planeta, una búsqueda constante de estilos de vida alternativos desde una óptica decrecentista.

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